En Marzo de 1996 tuve al oportunidad, el placer y la fortuna de conocer el poeta, compositor y cantautor Luis Mariano Lovera. Lo encontré en su humilde casa de Carúpano meciéndose en su chinchorro. ¡ A sus noventa años !
Cada vez estoy convencido que Dios habla a través de los humildes. Lo más grande que admiro en Luis Mariano es su sencillez y su claridad de la vida, todo un sabio, cada vez que habla , deja una enseñanza.
Me contó que él a sus treinta y nueve años era casi un analfabeta.
Su trabajo era atender una bodega en su pueblo de "Cachunchú". A Luis Mariano se le presentó la oportunidad de vender hielo. Para que la gente supiera. Con su puño y letra, escribió un aviso en la pared de su bodega : "Depocito de yelo".
Un muchacho de quince años le gritó un día a Luis Mariano : "¡Hey, viejo bruto! Así no se escribe eso. Se escribe así "Depósito de hielo". Esto humilló a Luis Mariano, pero reconoció su ignorancia.
Luis Mariano en vez de sentirse ofendido y acomplejarse, se puso el gran reto de aprender a leer y escribir bien. Fue a la escuela del pueblo y le dijo al maestro que le enseñara. El profesor le explicó que ahí no se enseñaba a leer. Ese sitio era una academia de mecanografía.
Tal fue la insistencia de Luis Mariano de aprender que el maestro le dio un método de mecanografía. El futuro compositor se compró una máquina vieja y todos los días se la pasaba rasguñando las teclas.
¡ Luis Mariano aprendió a leer y escribir correctamente, y de paso aprendió mecanografía ! Hoy es gran poeta, músico y compositor reconocido a nivel mundial. Y, sobre todo, un ejemplo a seguir.
Este fue el gran reto de Luis Mariano : unos deseos inmensos de aprender.
Entrando el año 2006, y a seis años del tan cacareado Nuevo Milenio, que más bien da la impresión que nació ya viejo por los viejos problemas que siempre han estado. Venezuela es la misma, pero con nuevas y duras experiencias. En el Nuevo Milenio tenemos que tomar la Carretera Vieja hacia la Guaira... Es decir, la Revolución a paso de Vencedores lo hace por la carretera vieja… en el Viejo Milenio. Pero esa carretera no sólo está en la Guaira… también en los hospitales, en la educación y en la convivencia nacional.
Desde hace más de un año las lluvias se encolerizaron con varios sectores de nuestro país. Resultados dolorosos: Muchos venezolanos perdieron a sus seres queridos, viviendas y con todo eso muchos de sus bellos sueños.
Tres voces protagónicas se alzan ante esta catástrofe: el sector oficial para justificar su omisión y echar la culpa a cuarenta años de malos gobiernos • que al paso que vamos llevamos cuarenta y siete y unos meses • ; un pequeño sector de la oposición que señala el descuido de las autoridades —y eso es cierto, no existe crisis nacional que no tenga que ver con la dirigencia—. Y una voz más pequeña responsabiliza a Dios por “el castigo enviado”.
Creemos que no es hora de echar culpas sino de asumir responsabilidades, éstas están en el presente y las quejas en el pasado por el cual ya nada se puede hacer, porque el pasado está muerto. Es mi responsabilidad, hoy.
En nuestra liturgia rezamos: “Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa” • aquí, “culpa” es sinónimo de “responsabilidad” • ; si vivimos esta espiritualidad nos dará mucha fuerza interna para un hacer externo. Muchos de nosotros, en vez de asumir un qué voy hacer hoy después del muerto, nos la pasamos señalando a otros: “Por tu culpa, por tu culpa, por tu gran culpa”.
Cuando en cualquier familia se muere un ser querido, por ejemplo la madre, ya nada se puede hacer por esa vida que se fue. Más bien, de alguna forma ella dice a todos sus seres queridos que quedaron vivos: “¿Qué van ahora a hacer sin mí?”. Así, las voces silenciosas de miles de venezolanos nos dicen a todos: “¿Qué van a hacer sin nosotros? ¿Qué van hacer con el estado de las carreteras que están en un estado deplorable? ¿Van a seguir hablando sin hacer nada?”. El pasado ya nada puede hacer por Venezuela, porque el pasado ya está muerto.
Se habló de castigo de Dios, de malos gobiernos anteriores y enfrentarse a la naturaleza: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”... y es verdad. Podemos enfrentarnos a ella pero no en todos los casos hacer que nos obedezca. Que el cerro esté cediendo y nos está dejando sin viaducto hacia La Guaira no es un castigo de Dios, y si lo es no se sabe; porque Dios no se la ha dicho a nadie. Pero sí podemos escuchar su mensaje para aprender a vivir con la naturaleza. Algo no estamos haciendo bien.
El momento que estamos viviendo en Venezuela, me hace recordar un cuento que me contó mi amigo Luis Mariano Rivera, de feliz memoria:
—Mañana voy para Valencia —dijo una persona.
—No digas así —respondió uno que estaba allí—, di “si Dios quiere”.
—¡He dicho que mañana voy para Valencia, quiera Dios o no! —dijo en tono de reto.
Esta expresión no le gustó a Dios y, como castigo, lo convirtió de inmediato en un sapo; ante la vista y presencia de mucha gente. El hechizo le duró tres meses. Al cabo de este tiempo, volvió a su ser normal.
—Mañana voy para Valencia —dijo apenas recobró su humanidad.
—Tú si eres porfiado —le dijo el otro—, di “si Dios quiere”. Mira lo que te pasó la otra vez, por no decir eso, te convirtieron en sapo.
—¡He dicho que mañana voy para Valencia, quiera Dios o no! Y si no, me voy pa'l charco.
Tenemos toda una vida por delante, es una buena ocasión para hacer planes que nos den mucha satisfacción espiritual y material. Pero, encomendándonos mucho a Dios, no vaya ser que nos quedemos en el charco.
Sí, es el momento de aprender de nuestras propias cenizas y trazarnos caminos nuevos, porque los que estaban ya no existen. Y aprender también a convivir con la naturaleza que no quiere destruirnos sino que le dejemos su espacio.
Un científico iba a en su carro por unos caminos de África, pero casi no podía avanzar porque decenas de animales se atravesaban en la vía. “¿Por qué los animales se atraviesan en donde está hecha la carretera?”, esto repetía insistentemente el hombre con rabia y desesperación. Pero después reflexionó y dijo: “¿Por qué se hizo la carretera por donde cruzan los animales?”.
¿Has conocido alguna madre que no sea dictadora? Si la respuesta es sí , entonces no conoces a la madre sino a la abuela. Toda madre es una dictadora. “¡¿Ya se bañaron?!”… “¡No peleen!”… “¡¿Ya comieron!?”… “¡No corran!”… “¡No toquen eso!”… “¡Bájense de ahí!!”… “¡Cállense!”… “¡No me hagas así!”… “¡Juuu!”. Toda madre es una dictadora con amor —¡por supuesto!—, pero dictadora.
Toda madre es una dictadora con los hijos, con los animales que son más sumisos y con todos los demás que se dejen manipular. Como todo dictador. Por eso no es raro que los hijos alguna vez piensen en esta frase: “Madre sólo hay una… ¿quién aguanta dos?”. O en esta otra: “Madre sólo hay una… ¡y me tocó a mí!”.
Durante mucho tiempo, mi mamá tuvo muchas jaulas con muchos pájaros enjaulados. Es lindo tener a los demás encerrados, cuando uno no valora la libertad para sí mismo. Porque todo esclavista es un esclavo. Todo el que pega recibe los mismos golpes que da; y en el mismo sitio. Si tú me pegas en mi cara con tu puño, yo te pego en tu puño con mi cara. Tus puños hacen daño, y mi cara pega duro. Todo esclavista es un esclavo.
Desde mi niñez hasta ya entrada mi adultez me gustaban los pájaros enjaulados. Es decir, cuando el enjaulado era yo. Ver los pájaros detrás de unos alambres me producía una satisfacción morbosa. Pero cuando fui sintiendo la satisfacción que da la libertad, lo mismo quise para los pájaros. Pero, ¿quién se enfrentaba a mi mamá?
Un día, tímidamente le dije:
—¿Por qué no sueltas esos pájaros?
—¡¿Por qué?!... ¡¿Es que te estorban?! —me contestó socarronamente. Y, mejor, dejé las cosas así. Luego oí, que decía desde la cocina: “¡Esos pájaros no me los toca nadie!... ¡Ju!”.
¿Quién encierra a quién?
Pero, mi mamá estaba engañada —como todo dictador—. Mi mamá creía que ella tenía a los pájaros enjaulados. Era el revés, ¡los pájaros la tenían encerrada a ella! Como dice Cabral: “Pobrecito mi patrón que cree que el pobre soy yo”. Mi mamá no podía salir a ninguna parte, porque tenía “que echarle comía a los pájaros”. Cada vez que la invitábamos para la playa, o para algún otro sitio, decía: “¡Ay, no! Vayan ustedes. Yo tengo que cuidar los pájaros”. Sí, sí. Así era.
Si los pájaros se hubieran dado cuenta de la fuerza y el poder que tenían; si los pájaros hubieran pensado que ellos eran los que tenían encerrada a mi mamá, en lugar de ella a ellos, hubiesen negociado su libertad.
Le hubiesen dicho: “Vete con tus hijos a la playa. Ábrenos las puertas de las jaulas. No te preocupes por nuestra comida. Nosotros sabemos en dónde hay. Es más, la comida que nosotros conseguimos es mejor que la que tú nos das. Vete con tus hijos, se libre tú también. Nos dejas la puerta abierta y cuando tú regreses, volveremos a las jaulas”… ¡Yo te aviso!
Mi mamá estaba en otro engaño: creía que los pájaros la amaban. Realmente mi mamá estaba engañada —como todo dictador—. La creencia del amor de los pájaros se afianzaba porque, cada vez que ella se acercaba a las jaulas, éstos revoloteaban de contentos. Lo cierto es que los pájaros no amaban a mi mamá. ¿Qué esclavo puede amar a su tirano? Los pájaros a quien amaban era a la comida que mi mamá les llevaba, no a ella.
Creer que los que yo maltrato me aman, es un engaño. Todo tirano es un engañado. Nadie lo engaña, él se engaña solo. Como todo dictador.
Cuando mi mamá regresó de la playa tuvo que conformarse con una jaula vacía. Pero, así comenzó el ascenso a su propia libertad. Hoy mi mamá es libre porque los pájaros son libres. Sin apegos y sin enjaular a nadie. A mi mamá le costó darse cuenta que los pájaros nunca la amaron, sólo comían de ella. Pero a un pájaro no le llena un pedazo de pan, sino las semillas que están en el campo abierto con sabor a libertad.
Los pájaros nunca más volvieron a la jaula. Porque nunca amaron a mi mamá. Es más ninguno votó por ella.
La libertad es más sabrosa que un pedazo de pan. Porque con libertad consigues tu pan, pero con un pan facilitado caes en la esclavitud. ¡Lucha!
Quizá no te acuerdes de mí, te saludé un día. Pero no importa. Luego te vi en la prensa. En una divulgaron la noticia de tu muerte y en la oficialista te prensaron. Sí, no sé quién es más bajo: el que te mató o el funcionario del Ministerio con Público —como dice Cantinflas— que intentó quitarte tu buena fama. El que te mató se enfrentó a un vivo, y este funcionario no respetó a un muerto.
Padre Jorge, lo doloroso no es que hayas muerto sino que te hayan matado. Porque la muerte no es mala, es dolorosa. ¿Quién se avergüenza de tener un familiar difunto? Nadie. Al revés, hay vivos que dan más vergüenza que los muertos. Como el funcionario gubernamental que con los instintos más bajos se regodeó quitándote la moral y las buenas costumbres. Como si él hubiera sido el protagonista de hecho tan vil.
Lo triste no es que las flores de un árbol se caigan, sino que las tumbemos y así matemos el fruto que venía dentro de cada una de ellas. El problema no es que un matrimonio se disuelva sino que lo matemos antes de morir. Porque sólo la muerte puede matar un matrimonio. “Hasta que la muerte nos separe”. La Vida es hasta la muerte, no hasta que me mates. Que nadie nos mate, ya moriremos. “No me mates, ya moriré yo. Te lo prometo”, diría a todos los que no respetan la vida de los demás.
La muerte, entonces, no es mala ni vergonzosa, es dolorosa. Dolorosa para tus ancianos padres, para tus seres queridos y para todos tus amigos. Que eran muchos. ¡Dios!... ¡Cómo te quería la gente! Debes estar muy satisfecho.
Padre Jorge, justo en la madrugada del sábado 22 del mes de Abril, horas en que estabas siendo asesinado, según la prensa, escribía yo un artículo para el Signo, semanario de la Diócesis de Los Teques, titulado “¿A dónde vas?”, referido al destino de Venezuela. En este artículo, entre otras cosas, escribí: “¿Hacia dónde vamos?... ¿Tus hijos llegarán a viejos? ¿Quién es el próximo que va a morir en manos del hampa común y no común?”. Mi mente estaba lejos, padre Jorge, de imaginar que tú estabas siendo el próximo.
También, padre Jorge, ese mismo sábado 22 de Abril, más de cuarenta mil personas, entre jóvenes y adultos en protesta, se acostaron como muertos en una avenida de Caracas. Sin pensar que en ese momento tú engrosabas la lista de los setenta mil venezolanos a quienes ya les haces compañía.
Padre Jorge, tú fuiste el próximo... el padre Piñango. Pero pudo ser cualquier apellido con el antecedente de padre, obrero, joven, periodista, militar. Cualquiera de nosotros puede ser el próximo. Por eso en ti, le escribo a todos los que han dejado la vida en manos de la delincuencia.
¿Me preguntas que si agarraron a los responsables de tu muerte? Sí, los capturaron. Pero no sé si sean los verdaderos causantes. Es más no sé si los responsables están en el país. No sé. Vivimos en el país de la duda y de la desconfianza. La única verdad padre Jorge, es que te quitaron la vida prematuramente. Como las flores de los árboles.
Te mataron, padre Jorge, te mataron. Pero no mataron a la Iglesia; no han matado a todos los cientos de niños que bautizaste; ni a todos los que impartiste la Primera Comunión; ni a todos los que diste la absolución: “Yo te perdono”, que sin duda también lo hiciste con tus agresores. No han matado a los miles que dijiste: “La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre ustedes. Pueden irse en Paz”.
Padre Jorge, te envío esta carta por medio del recuerdo de Teresa de Calcuta. Pues, seguro que ya estás en su compañía. Ella dijo un día: “No es lo mismo morir solo y abandonado, a morir con alguien al lado que te ponga con cariño la mano en la frente”. Tú moriste solo, sin tus padres al lado y sin tus amigos que te quisieron mucho. Pero, estoy seguro en la fe que tu Ángel de la Guarda te hizo dulce compañía.
Padre Jorge, me saludas a Juan Pablo II. Dile que desde que él se fue, este mundo quedó huérfano de liderazgo: ya no hay nadie que lo una. A la Virgen La Divina Pastora, tu patrona, que no abandone a los hombres por quienes su hijo Jesús dio la vida. Que nos bendiga.
Padre Jorge, tú muchas veces predicaste esta sentencia de Jesucristo: “El que cree en mí, aunque haya muerto vivirá”. Estás vivo en el misterio del amor de Dios.
Padre Jorge, que descanses en Paz. Tu hermano en el sacerdocio:
Una vez vi cómo alguien le daba golpes duros a una piedra: la roca grande reaccionó y se convirtió en dos pedazos más pequeños. También hubo otro tipo de reacción: la piedra grande, antes de convertirse en dos pedruscos, lanzó con fuerza una laja y le pegó al pegador. Éste no la siguió golpeando más. Ahora, la mano que pegaba acariciaba su ojo. Hubo reacción, sí hubo. Reacción de rabia.
Otra vez vi cómo cortaban la rama de un gran árbol, y se convirtió en un gajo caído; y el follaje se transformó en “un árbol sin una rama”. De la herida brotaba savia de dolor: el árbol lloró su rama que con el tiempo se secó. Y los frutos de esa rama nunca más volvieron. Pues, una rama caída ya no da más frutos, sino leña para quemar. Hubo reacción, sí hubo. Reacción de dolor, pero hubo reacción.
En otra ocasión vi patear a un perro, éste sacó sus dientes y al punto se defendió; y mordió al pateador. Y así reaccionó, defendiendo su propia vida. Hubo reacción…
Otra vez vi a un hombre con tos, casi sin respiración, llegar a un hospital público pidiendo que le miraran su tos. Y le cortaron la rama de la salud; y un hombre sin salud no da frutos. Y no lo atendieron, y lo partieron en dos: el hombre que quiere vida y el hombre que tiene tos. El hombre siguió su camino, pisando su propia tos. No hubo reacción, no hubo. Siguió con su tos.
Hay muchas formas de partir en dos a un hombre: crear esperanza por un lado y engañar por otro; dar más realce a la historia del pasado y descuidar la realidad del presente; creer que es más importante las medidas tomadas en el texto de una Nueva Constitución que los anhelos y aspiración de la gran mayoría.
Había una vez un rey que quiso vestir a un hombre harapiento, hambriento y casi desnudo. Tomó las medidas a la tela en compañía del Consejo Real. Y quedaron tan bien hechas que tomó la decisión de hacer los pantalones para vestir al hombre.
Inmediatamente mandó traer al buen hombre para darle la buena noticia y entregarle el pantalón, hecho a la medida del rey. El hombre no cabía en su alegría y no encontraba palabras para dar gracias al mandatario.
El rey, en una ceremonia muy bonita, aprobó las medidas del pantalón y mandó vestir al hombre. Pero ¾¡decepción!¾, el calzón apenas llegaba a las rodillas del hombre.
El rey, aireado, tomó otra sabia decisión: cortó las piernas del hombre, a la altura de las rodillas, para que las medidas del pantalón no se perdieran. Los pantalones quedaron perfectos... ¡a la medida!... y el rey siguió celebrando las medidas que había tomado.
Y colorín colorao... este cuento no se ha acabao.
El hombre sin rodillas no podía arrodillarse delante del rey, porque no tenía rodillas. El hombre se dio cuenta que sólo las había usado para arrodillarse delante del rey. Pero ahora estaba a la medida de su propia altura: más cerca de su corazón.
El hombre que se arrodilla delante de otro hombre pierde su corazón, y sus rodillas. El hombre sólo debe arrodillarse ante Dios, y ante otro hombre pero cuando éste está caído… para que se levante. Y su corazón crecerá. Y, así, los dos estarán a la altura de su corazón; no a la bajeza de sus rodillas.
Hombre, tú vales más que las piedras, que los árboles y que todos los animales juntos. ¿Por qué no reaccionas?
Esta mañana estuve hablando sobre la Paz Mundial con una señora... ¿Podemos hacer algo por la Paz Mundial?, preguntó.
- Sí... - ¿Cómo?... - ¿Si no tenemos poder?... - ¿A qué llamamos Paz Mundial? - Que exista armonía y tranquilidad en los hogares. - ¿En qué quedamos, estamos hablando de paz en los hogares o en el mundo? - Es lo mismo...
Sí, es lo mismo... hacer algo por la paz en los hogares es luchar por la paz en el mundo en donde habitamos, no en otro.
Dicen los historiadores que en lo que llevamos de humanidad registrada sólo hemos gozado de cuatro años de paz, pero no seguidos sino acumulados. Desde que el mundo existe siempre ha habido algún grupo peleando contra otro.
Se fue otro siglo de historia, y el hombre, con todos los logros que ha conquistado, no ha aprendido a convivir con la naturaleza y a amar a su hermano. Por eso no respeta la limpieza y presencia de los cauces de los ríos, sigue siendo víctima de desastres naturales; y por otra parte, todavía las guerras no han llegado a ser vestigios del pasado, más bien, están presentes en el corazón humano como una raíz muy profunda.
Los conflictos se anidan desde lo más íntimo del ser, hasta en todo tipo de relaciones humanas; las guerras en los hogares y las guerras en las comunidades internacionales, son la misma cosa; porque las hace el mismo hombre.
Muchas personas sueñan y anhelan la paz en el mundo; y quisieran hacer algo, crear un mundo nuevo. Pero sienten que no tienen poder. Idealizan ser dirigentes mundiales para tejer el nido de la paloma de la paz, y no se dan cuenta de que ya son líderes importantes; que todo bien que hagan lo hacen por el mundo en que habitan.
Una vez dirigí un Curso de Espiritualidad en la Ciudad de México ante 25.000.000, oo personas (veinticinco millones de habitantes con cero céntimos). Hablé sobre la paz interior, el amor a sí mismo y al prójimo y que de esta forma amamos a Dios; que venimos a esta vida a ser felices y a hacer de este mundo un sitio más bello y habitable.
- ¿Dices que diste un curso ante veinticinco millones de personas? - Sí, ante 25 millones... que son los habitantes que tiene la capital de México. - ¿Lo diste por televisión? - No, no... en un salón pequeño. - ¡Ja!... nos salió exagerado y mentiroso el niño... ¿Y asistieron al curso los veinticinco millones? - ¡No vale, no!... ahora el exagerado eres tú... de los veinticinco millones sólo asistieron 34 personas, las que cabían en el “salón pequeño”. Y sobraron puestos para 200.
En la noche tomé el avión hacia otra ciudad (no el mío sino el de Mexicana). Observé desde las alturas la inmensa, grande e iluminada ciudad Azteca, y pensé en el grupo y en la señora que me habló sobre la Paz, con profunda emoción y entusiasmo:
“Después del mensaje del curso, quedan 34 personas llenas de más amor y paz”. Quizá no todas quedaron convencidas, mejor pienso en la mitad y así me acerco a la realidad, porque el cien por cien no se obtiene en ninguna acción humana. Y aún con el 50% creo exagerar, más bien me conformo con cinco personas conquistadas. Y esto todavía es mucho, pero sí uno...
Sí, una persona salió bien, estoy casi seguro. En medio de toda esa selva de luces y destellos, que con la velocidad del avión hace que se me pierdan de vista. Sí, por lo menos una persona quedó llena de paz; al menos una persona quedó disfrutando en este momento de un suave y tierno calor de hogar, gracias al curso. Pero, como las estadísticas científicas no son confiables, mucho menos las imaginadas, quizá ninguno se comprometió a dar un salto de calidad interna.
Por eso, aseguraré bien el mensaje: “Yo ¾personalmente en primera persona, como dice Cantinflas¾, viviré intensamente el mensaje de amor y paz que di en ese curso, para que mis palabras no se pierdan. Y de esta forma, siendo cada día más auténtico y amable, contribuyo con la Paz Mundial”.
Como el agua del río, si nadie la bebe, ella solita se va llena de alegría al inmenso mar. Lo que hagas por ti, y por los que te rodean, lo haces por el mundo.
La señora en cuestión me contó que esa noche llegó feliz a su casa, después de vivir intensas y bellas emociones en este curso, pero cuando saludó a su marido se desinfló: encontró los mismos conflictos de siempre. Sin embargo, saludó con entusiasmo.
- ¡Mi amor!... - ¡¿Qué pasa?! ¾contestó secamente el esposo. - No, no pasa nada... sólo quiero decirte que... ¡Estoy feliz! - ¡¿Por qué estás feliz?!... Con tantos problemas que hay en el mundo, ¿estás feliz?... ¡No me jodas! - Te quiero mucho - dijo sonriente la mujer.
La paz se construye en tu sitio, florece en donde estés, tu hogar es parte del mundo. Haz las paces con tu marido, el enemigo está en casa, en tu trabajo y vive a tu lado.
Como dice el refrán: “No hay enemigo pequeño”, tampoco amigo pequeño; cada ser humano es grande. Todas las buenas acciones son inmensas, aunque las veamos insignificantes; el granito de mostaza de Jesucristo sigue teniendo vigencia. Si recoges un papel tirado en la calle, ya hay uno menos el mundo; si haces de tu hogar un grupo unido, haz salvado a una familia de la humanidad entera. Y así luchas por la paz, porque tus seres queridos están en este mundo.
¡Lucha por la paz!... eres un Líder Mundial... y todas tus acciones son mundiales… Con un granito de mostaza.
Desde niños nos enseñan a hacer lo difícil y a descuidar lo fácil; y en el fondo creemos que las acciones agotadoras, complicadas y dificultosas tienen más méritos que las cómodas, simples y llanas; no le damos importancia a las cosas sencillas por ser fáciles, placenteras y naturales.
Por esta equivocada concepción cultural, estamos más orientados a la seriedad que a la risa y la tristeza es más común que la alegría, siendo ésta más fácil de conseguir y más necesaria para la salud espiritual; y llegamos a creer que la alegría está lejos de la de la formalidad, madurez y sensatez. También creemos que lo caro está asociado a la calidad de las cosas y lo barato a lo inservible, por eso gastamos en mercancías muchas veces inútiles y superfluas. Por lo mismo, nos encanta la conferencia que no se comprende y desdeñamos la charla o conversación amistosa, y no nos damos cuenta que el diálogo es más importante y significativo que todas las palabrerías de gentes extrañas; en consecuencia, llamamos inteligente al que no se le entiende.
• ¿Fuiste a la Conferencia del Dr. Quintero?
• No, no pude ir.
• ¡Qué tremenda conferencia se lanzó! Ese doctor se las trae...
• Oye, me la perdí... ¡Qué lastima!
• Te perdiste algo grandioso... ese tipo sí es inteligente.
• ¿Y qué dijo en la conferencia?
• ¿No te digo que es inteligente?... No se le entendió nada.
Sí, por la misma costumbre de hacer lo difícil y descuidar lo fácil, en lo espiritual rezamos oraciones rituales complicadas y nos olvidamos que el amor es lo necesario; es más sencillo encontrarse con Dios que aprender novenas largas y complicadas, Dios está en la vida y lo difícil en los libros. En el amor al prójimo es más placentero obsequiar a la madre un “Te quiero”, que comprarle un regalo material. Y en lo político es más conveniente la presencia de un buen ciudadano que la de un presidente o diputado, y es mejor contar con un excelente director de hospital y policías dedicados a la seguridad del pueblo, que gobernadores frutos de grandes campañas llenas de intereses personales; pues, para la democracia vale más no botar un papel en la calle que votar por un candidato.
Lo grandioso no es poseer un carro sino la satisfacción que produce el hecho de tenerlo, algunos andan amargados en un vehículo lujoso; ¿de qué sirve obtener cosas si no se disfrutan? Tener energía física es lo que todos aspiramos y deseamos porque sin ella nos morimos, pero un cuerpo sano no basta plenamente para satisfacer al ser humano. Solamente con la salud física no se consigue felicidad, muchos suicidas tenían buena salud, estaban “llenos de vida”, pero les faltó la alegría de vivir. Tus piernas no están hechas para hacerte feliz sino para sostenerte de pie y trasladarte de un sitio a otro; si alguna vez tus extremidades pudieran hablar, dirían: “¡Apártense porque aquí llevo a un hombre desesperado!”.
Una vez un paralítico pidió ayuda a Jesús (Mt. 9, 1ss), obviamente quería que lo sanara de las piernas. Jesús se dio cuenta de que el problema principal no era solamente la parálisis, sino su falta de paz espiritual. Es difícil caminar, fácil ser feliz.
• ¡ Jesús , ten compasión de mí! • gritaba el paralítico.
• Tus pecados te son perdonados • le dijo Jesús .
• No te pido que me perdones sino que me cures las piernas, ya estoy cansado de esta camilla.
¿Qué es más fácil, perdonar o hacer que un hombre camine? Perdonar es más fácil que hacer caminar a un hombre. En este caso, Jesús hace lo importante pero en ningún momento descuida lo necesario.
• Tu problema no está en tus piernas sino dentro de ti. ¿Para qué las quieres si no tienes alegría? Coge tu camilla y vete a tu casa, ya tienes paz espiritual • Jesús dio paz al hombre y también lo sanó de su parálisis.
Así andamos muchos en la vida, creemos que el verdadero mal es la “camilla”; claro, andar todo el tiempo en una camilla no se le desea a nadie, pero el problema profundo está dentro de nosotros mismos. La verdadera parálisis es la falta de amor, de capacidad de perdón, de esperanza y de alegría. Estamos vacíos de Dios y mientras Dios nos falte nada nos llenará plenamente.
Es más fácil ser feliz que ser casado, sin embargo muchos se casan y no logran ser felices; e star casado es bueno pero mejor es ser dichoso en el matrimonio. Es más fácil ser feliz que montar una empresa, sin embargo, ¿cuántos hombres con fortuna son pobres de paz? Es más fácil ser feliz que sacar una carrera universitaria, y hay doctores y licenciados que no hallan qué hacer con su vida llena de ideas y conocimientos; es importante ser inteligente, esto tiene que ver con logros y éxitos de la vida; pero es necesario tener sabiduría que tiene que ver con la misma vida.
Hacemos lo difícil y dejamos de hacer lo fácil; y no nos damos cuenta que lo fácil nos lleva a lo difícil, pero no siempre al revés; y lo difícil casi siempre es importante pero muchas veces no es necesario. Ésta es la verdad completa: unas piernas sanas y la alegría de vivir, lo importante y lo necesario... hay que hacer lo difícil empezando por lo fácil. No es suficiente ser doctor, lo más bonito es ser una bella persona; es decir, un... “Señor Doctor”.
Es más difícil hacer una nueva carretera que mantener la que ya se tiene hecha. Es más importante mantener que hacer. Por no haber mantenido el viaducto Caracas-La Guaira ahora nos toca hacer uno nuevo. Es mejor evitar el fuego que apagarlo. “La cultura de la improvisación”, que decía Mons. Porras , es perniciosa, corrupta y favorece sólo a unos cuantos. Lo permanente, lo planificado y programado nos lleva a un camino seguro.